Cultura bolaño

Published on abril 28th, 2013 | by falagan

Pisadas sin huella

El arquitecto es a menudo un personaje en liza con el recuerdo. Proyecta en el presente pero con frecuencia ha de tener en cuenta elementos heredados de un pasado más o menos lejano que pueden llegar a convertirse en espadas de Damocles. Si el crecimiento de la ciudad es “un proceso dialéctico entre la permanencia, la transformación y la sustitución”, como afirma José María Montaner, el arquitecto deviene la encrucijada entre ayer y hoy. En el horizonte brumoso del mañana, su obra puede llegar a convertirse en la base de otras edificaciones aunque también cabe la posibilidad de que desaparezca, ya sea por nuevas necesidades sociales o por directrices político-económicas cambiantes. ¿Qué extraño genio mantiene vivas algunas obras mientras otras perecen víctimas de un tiempo caníbal? La exposición “Arquitecturas ausentes del siglo XX”, organizada por la Dirección General de Arquitectura, y la novela 2666 del desaparecido escritor chileno Roberto Bolaño comparten la reflexión sobre la supervivencia de las obras artísticas.

KOOLHAAS_FRANCIALa dicotomía olvido-persistencia es uno de los ejes de la mastodóntica narración 2666. La historia comienza con cuatro profesores universitarios empeñados en rescatar la obra de un novelista poco conocido, Benno von Archimboldi, quien rehuye todo contacto con los círculos literarios. Más adelante toma protagonismo un manuscrito escondido por su autor en una chimenea pero rescatado por el siguiente ocupante de la casa. Otro personaje, un escritor ruso llamado Ivánov, expone claramente sus cuitas: “Miedo a que sus esfuerzos y afanes caigan en el olvido. Miedo a la pisada que no deja huella. Miedo a los elementos del azar y de la naturaleza que borran las huellas poco profundas.” La reflexión de los personajes de Bolaño gira entorno a la literatura pero azar y naturaleza amenazan también a los frutos del arquitecto. En el caso de las obras arquitectónicas, su materialización física podría considerarse un seguro ante el olvido pero, ¿qué sucede entonces con las arquitecturas efímeras, los proyectos archivados que nunca verán la luz o aquellos que nacen condenados a la vida virtual al rebasar los límites de lo factible? El futurismo de Antonio Sant’Elia, la monumentalidad de Boullée e incluso la imaginación de Hugh Ferris han conseguido una página en la historia de la arquitectura aunque nunca se haya podido visitar ninguno de sus proyectos. Obras desaparecidas, modificadas o nunca ejecutadas son el eje de la exposición “Arquitecturas ausentes del siglo XX”: valgan de ejemplo el cementerio Lingby de Alvar Aalto, la Torre Valentina de José Antonio Coderch o el Teatro total de Gropius. La arquitectura virtual, cuyas imágenes podemos ver por obra y gracia de la tecnología digital, también ha generado frutos nunca materializados que se han convertido en referentes de influencia, como el proyecto de Rem Koolhaas para la Biblioteca de Francia o algunas obras de Greg Lynn. Más triste es recordar aquellas arquitecturas que un día se pudieron visitar y que ya no podrán pisar de nuevo. Esta categoría incluye casos trágicos como el World Trade Center neoyorquino pero también otras desapariciones difíciles de entender, como la de los Laboratorios Jorba de Miguel Fisac. El Parque de las Estaciones de Palma de Mallorca, obra de Enric Miralles y Carme Pinós, podría entrar en el grupo si se llevan a cabo las iniciativas políticas que pretenden sustituirlo por uno de corte clásico.

El ejemplo tradicional de huella indeleble sería el pabellón alemán de Mies van der Rohe para la exposición universal de Barcelona en 1929. Ideado como espacio efímero, desmontado y vendido al finalizar la muestra, la luz de su modernidad persistía igual que llega a la Tierra el brillo de estrellas ya muertas. Finalmente en 1981 se impulsó una reconstrucción, llevada a cabo por Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos. Una arquitectura efímera que ha acabado como lugar de peregrinación para estudiantes y turistas, huella convertida en fósil.

Difícil determinar, pues, los criterios y azares que mantienen viva la llama de una obra, ya sea arquitectónica o literaria. Volviendo a Bolaño, quizás su enfermedad le inducía a reflexionar sobre el futuro y el salto al vacío hacia el olvido que puede representar. No tenía de qué preocuparse ya que 2666 le ha instalado definitivamente entre las plumas más sobresalientes de la narrativa hispánica contemporánea. Roberto Bolaño, Enric Miralles: dos nombres desaparecidos tempranamente cuyas obras, cargadas de valores formales y estéticos, reivindican sus individualidades dentro de la arrolladora masa literaria o arquitectónica. Quizás las palabras que dan inicio a la Historia del Arte de E. H. Gombrich sirvan de consuelo: “No existe realmente el arte. Tan sólo hay artistas.”

Isabel Aparici – David H. Falagán
[Artículo publicado originalmente en Arqscoal (Revista del Colegio Oficial de Arquitectos de León)]


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